lunes, 6 de julio de 2015

Nicolás Pueta: un ejemplo del mundo del Rugby que no podes dejar de leer. "Pesquisa Ciudadana"



Nicolás Pueta es un ejemplo de superación de esos que vale la pena saber. Jugador de San Andrés, supo sobrellevar los obstáculos físicos para disfrutar del rugby, su gran pasión.



Estos obstáculos que a otros los dejarían fuera de competencia, fueron el motor para que Nico, tercera línea, pusiera todas sus ganas en el Rugby.

A pesar de su malformación congénita, Nico siempre quiso ser un jugador más. Esto le hizo acreedor de los premios “Espíritu del Rugby IRB”, Cap Honorífico URBA y ser nombrado “Leyenda del Rugby”.

Esta historia de amor con la ovalada no siempre fue un lecho de rosas. Existieron médicos que recomendaban que no jugara, los primeros entrenamientos fueron duros. Pero la convicción y el amor por el Rugby pudieron más.














“No era tan romántico. Yo estaba convencido y la respuesta negativa para mí no era suficiente. No iba a descansar hasta, por lo menos, probar. Si yo jugaba y comprobaba que no servía para nada, yo soy el peor crítico de todos…”

“El Rugby en mi vida es todo. Por el Rugby, pude conocer gente, lugares, amigos, conocerme más a mí mismo, compartir situaciones. Hoy, por ejemplo, me dedico a hacer giras deportivas y doy charlas de motivación.”

Nico incluso tuvo una carrera internacional. Fue a hacer un intercambio a Inglaterra y jugó para Whitley Bay Rockcliff RFC, de la segunda división regional del noroeste y luego en Holanda para Maastricht Maraboes RC, del ascenso.




















Nico nos deja una lección, la única lucha que se pierde es la que se abandona.

Extraído de: http://pesquisaciudadana.com/nicolas-pueta-un-ejemplo-del-mundo-del-rugby-que-no-podes-dejar-de-leer/

Rugby, placaje a la exclusión por Pedro Gorospe.





Jóvenes con síndrome de Down entrenan en Vitoria para superarse y participar en el primer Torneo Mundial de Rugby Inclusivo que se celebrará del 17 al 21 de agosto en Bradford, Inglaterra

David Izquierdo da instrucciones al equipo. Alberto es el sexto
por la izquierda. Ana la tercera chica por la derecha. /L. RICO


“El rugby es un deporte de caballeros, un deporte noble, y ellos son los más nobles”, afirma David Izquierdo. “Ellos” son un grupo de chicos y chicas con síndrome de Down que compiten en el equipo
de Vitoria Escor Gaztedi Down Araba junto a otros sin discapacidad, y David es su entrenador. Llevan dos años jugando y hace 10 días compitieron en el primer torneo nacional de rugby inclusivo, que se celebró en la capital alavesa, entre los tres equipos de España, el Escor Gaztedi, el valenciano Cullera Clan TRI Espurna y el Rugby Club Egea Adisciv, de Zaragoza.

Lo que empezó como un experimento con dudas incluso de los padres “ahora lo vivimos todos con los sentimientos a flor de piel. Cada jugada, cada touchdown, cada punto que consiguen es un logro inimaginable para ellos”, comenta Moisés San Mateo, presidente del club vitoriano. En la escuela del Gaztedi ingresan como cualquier otro adolescente los menores de 16 años con síndrome de Down, y ese esfuerzo de inclusión ha tenido premio. El equipo ha sido invitado a participar en el Primer Torneo Mundial de Rugby Inclusivo (MARWT 2015), que se celebrará del 17 al 21 de agosto en Bradford, Inglaterra, y los jugadores están doblemente emocionados.

No cambio esto por nada, ahora creo que no sé qué hubiera hecho sin el rugby”, explica Ana Pérez. Tiene 29 años, el cromosoma 21 alterado y juega de 12, dice orgullosa de carrerilla. Izquierdo la define como una jugadora poderosa en ataque y fuerte para placar a los rivales. Junto a ella, vestido con la elástica del equipo, roja y negra, está Alberto Aguirre. También tiene 29 años y juega de 8, en la tercera línea. Tiene un trabajo difícil en el equipo controlando el movimiento de la melé y haciendo de transmisión entre la defensa y el ataque. “Cuando me dijeron que iba a jugar a rugby me pareció flipante, me gusta mucho, mucho, mucho”, declaraba el pasado jueves un minuto antes de salir al campo.

El de Bradford va a ser el primer torneo de estas características que se celebra en Europa. Organizado por el International Mixed Ability Sports (IMAS), tiene como objetivo romper los estereotipos entre las personas con y sin discapacidad, dándole al juego una perspectiva educativa. “El rugby les dice que son necesarios e iguales, que sus manos y sus piernas, sus cabezas, son necesarias, y que el deporte cuenta con ellos para progresar, para ganar o perder, pero sobre todo para evolucionar”, explica Izquierdo, y ese mensaje positivo choca con lo que muchas veces escuchan a diario. Los jugadores destilan pasión por lo que hacen y según sus familias algo está cambiando en su interior y en su exterior. Ganaron un partido y perdieron otro en el triangular, pero avanzaron contra la exclusión, contra su propia exclusión. El juego es ya una parte insustituible de su vida. “Es lo mejor que me ha pasado nunca”, dice sin dudar Ana con una sonrisa cómplice.

Artículo publicada en el diario El Pais el día 23 de junio de 2015: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/06/14/paisvasco/1434295435_877750.html

viernes, 5 de junio de 2015

Rugby de barras y estrellas por Victor Rodríguez.


No sin cierta tristeza y sólo cuatro días después de jugar mi último partido de liga con el Rivas, dejé España para pasar casi tres meses en tierras norteamericanas.
Tampoco diré que fue una completa sorpresa comprobar que se jugaba al rugby, pues, (bendita era de la comunicación) había cotilleado en internet los equipos de Pittsburgh para ver si podía ir al campo a ver algún partidillo y así matar un poco el mono de balón oval.
Lo que si fue algo totalmente inesperado fue la forma de encontrarme a sus jugadores.

Estaba yo en un gimnasio al que me habían invitado a una prueba de quince días, cuando me encuentro con un hombre cuyo aspecto sólo se puede definir como Pilier, sudando en un banco con dos mancuernas y una camiseta que pone “Ask me about Pittsburgh Highlanders Rugby”.
No me pude resistir y me acerqué a contarle que yo jugaba al rugby en España, y que qué casualidad y esas cosas.
En esto que se acercó otro colega con el que al parecer jugaba en el equipo y yo vi el momento de soltarles que me gustaría ir a verles uno de estos fines de semana.

El recién llegado me mira unos segundos y me dice “¿Tienes botas?” No creí entenderle bien así que le pido que me repita y me dice “Que si te apetece podrías jugar el próximo sábado en unos amistosos que organizamos para universitarios”


¡No me lo podía creer, vaya suerte! Y sólo llevaba  una semana y poco.
Estaba emocionado con la posibilidad. Encontrar botas de rugby en Estados Unidos es misión imposible, hay mucho de fútbol americano, pero los precios eran normales, tirando a caros, así que Kevin, así se llamaba, me dijo que seguro que alguien me podía dejar unas.

Así que el siguiente sábado a las nueve de la mañana estaba yo en unos campos de fútbol (de soccer como dicen aquí) de las afueras con jugadores de seis equipos masculinos y seis equipos femeninos que se disponían a jugar el Jeff Hewitt Memorial.

¡Qué emoción! Busqué a mis nuevos colegas en una especie de campa central donde vendían hamburguesas y bebidas y allí estuve informándome un poco, pues reconozco que había ido sin saber muy bien que es lo que iba a hacer (Y seguía sin botas).

Allí me explicaron que era un torneo anual que organizaban los Highlanders para universitarios y en el que ellos no competían. Así, conocían y se daban a conocer entre los equipos de la zona para que los chavales se apuntasen al equipo.
La mayoría de los equipos eran de cerca pero también había alguno de universidades a cientos de kilómetros en West Virginia o Maryland. 
Mi misión sería reforzar los equipos que no tenían gente suficiente.

El siguiente partido tardaba casi una hora en comenzar así que me dediqué a vagar un poco y enterarme de peculiaridades del rugby en Estados Unidos.
Parece ser que la mayoría de la gente que por allí andaba, había jugado al fútbol americano en el instituto, y cuando van a la universidad se encuentran con equipos de rugby, hay en casi todas las universidades, y así es como esta gente empieza a dar sus primeros pasos en el rugby. 



Hay que tener en cuenta que en USA no se va a la universidad sólo a hacer carreras, cualquier formación después del instituto se hace, básicamente, alrededor de los Colleges.
Así que desde un estudiante de filosofía a alguien que hace un curso de mecánica de motores diésel se acercan a este deporte en la universidad. Después buscan un equipo senior como el Pittsburgh Highlanders, que juega, como el Rivas, en tercera regional y siguen con su deporte.

Y allí estaba yo viendo partidos.

Mucha gente joven, muchos padres y amigos, en torno a tres patatales con más barro que césped y

para nada planos, con palos hechos de PVC bastante fino y curvilíneo sobre porterías de fútbol. Mucho del material proviene del ejercito, o de la guardia nacional, que tiene programas de patrocinio y esas cosas, así que no es raro que los escudos, los sacos o los cubre-palos tengan rótulos de National Guard o Army.

He comprobado que el rugby norteamericano tiene mucho de espíritu y pocos medios materiales: campos sin grada, duchas, vestuario o ni tan siquiera un baño; pero chavales de 19 años que se hacen 300 km en su coche particular cada fin de semana para competir en una universidad cercana, pelean el balón con mucha ferocidad y una técnica no demasiado refinada, y que se levantan una y otra vez patinando sobre el barro omnipresente en zonas con tanta lluvia como son las del oeste de los Apalaches.

Al rato me llamaron; un chaval gigantón, como yo, llamado Kyle, tenía unas botas extra de mi talla (un poco más grandes en realidad, un 49) en su coche. Me dieron las botas, me dieron una camiseta  blanca, dorada y azul, no se si de West Chester, y me dijeron que necesitaban un delantero.


Diez minutos para calentar y algunas consignas de melé y touch y ¡a jugar!

Fue una auténtica pasada, no diré que había técnica refinada ni jugadas complejas, pues la mayoría era la primera temporada que jugaban al rugby y al menos tres debutaban en este día. Pero fue tremendamente divertido.

Al terminar comimos unas hamburguesas mientras escuchábamos música y veíamos jugar a otros equipos. 

Ya por la tarde jugué sólo un tiempo con otros chavales que se habían quedado con uno menos por una lesión repentina.

Feliz, ya estaba recogiendo, cuando Kevin se acercó y me dijo que por qué no jugaba un amistoso con los Pittsburgh Highlanders B el sábado siguiente.
El segundo equipo jugaba a continuación del primer equipo y no es que tuviesen gente de sobra, algunos iban a jugar los 160 minutos, así que todo jugador era bienvenido para echar una mano. No lo dudé un minuto ¡Claro!


Así, el jueves fui a entrenar con ellos. Por no extenderme diré que, aparte de carecer de vestuarios o duchas, los entrenamientos son similares a los nuestros.
Algún toque americano por aquí o por allí, como subir una pendiente pronunciada a la carrera tras el capitán, al terminar un ejercicio, tocar una roca en lo alto, bajar y repetir.

A destacar un momento muy propio de los valores del rugby, cuando, el entrenador había dado por terminado el entrenamiento pues la hora se echaba encima, antes de que se dispersaran, el capitán, un segunda de dos metros largos, reunió a los jugadores y nos dijo
-“Caballeros, el sábado es un partido importante y queda mucho por entrenar, yo me voy a quedar un rato más, cualquiera es bienvenido” y de allí no se movió un alma, seguimos media hora larga practicando el golpe de castigo cerca de la línea de marca hasta que el capitán creyó que era suficiente.
Por fin llega el sábado, y allí nos plantamos en el Philip Murray Playground (a mi me sonaba con cierta ironía a Murrayfield) una pradera embarrada en la que se colocaron dos porterías de PVC, la gente se arremolinaba en los laterales y alrededores, aparcando sus coches sobre la acera. De una manera entrañablemente americana dos niños vendían limonada hecha por ellos. El tiempo era una delicia.


Precedió al primer partido un minuto de silencio por un compañero de un equipo de la misma categoría, Erie, que había muerto esa semana en un accidente de moto.

El partido del primer equipo fue bastante disputado hasta que mediada la segunda parte el equipo visitante cedió pie y los Highlanders marcaron varios ensayos ganando por una holgada ventaja y asegurándose un puesto en los Playoff de ascenso a segunda división territorial, con gran celebración de los locales.

Y allí estaba yo, calentando con el B, botas prestadas, hermosa camiseta usada en el anterior partido, y gente maravillosa que me había acogido como uno más de los suyos. “Spaniard” me llamaban todos.

Y allí, echando unas carreras, te das cuenta que el rugby es un lenguaje universal, no importa donde estés, es esa gran familia que te recibe como su pariente al que llevan toda la vida sin ver pero que saben que es de su sangre. Que juegan exactamente como te esperas que jugarían, que respetan al contrario como tu lo harías y que celebran terminado el partido igual que lo haría tu equipo.Y, tras el saque inicial, ¿que os voy a contar? Ochenta minutos de fuerza, risas,  diversión, melés interminables, barro, mucho barro. Y un tercer tiempo hasta las tantas. Como tantos equipos estarían haciendo ese mismo día, en Edimburgo, Rivas o en Auckland.


No recuerdo el resultado, creo que perdimos, pero lo importante son cada uno de esos pequeños momentos al lado de estos gigantes que me hicieron sentir como en mi propia casa.

Sólo quiero deciros ¡Suerte en los playoff!
Go Highlanders! Forward with honor!


jueves, 28 de mayo de 2015

"LLEGA EL CALOR, LLEGA EL PARADIGMA: LLEGAN LOS PILIERES JUGANDO A SEVEN" por Helena Lanuza

Ser pilier es sexy, y lo sabes.



Ha llegado el verano. Bueno, no oficialmente. Según el Ministerio de Fomento el verano comenzará el día 21 de junio, a las 18:38 hora peninsular para ser exactos. Pero ey, que no os engañen. Todos los jugadores de rugby sabemos que el verano ha llegado en cuando el campo se queda vacío. Cuando empiezas a entrenar de día sin que te caigan chuzos de punta. Cuando el melier se queda ahí, sólo, relegado, lamiéndose las heridas infligidas durante todo un año de espetones y sacudidas.

Sí, amigo. Tú también lo sientes. Ha empezado el seven.

Lo llamaremos seven, porque rugby, lo que se dice rugby, no es. Se utiliza el mismo balón, se juega en el mismo campo, pero incluso algunas reglas cambian. De poco sirve avanzar a cabezazos y ya no puedes descansar andando por el campo entre melé y melé. De repente el mundo entero supone que tienes que saber pasar a 15 m de distancia (y además tiene que ser un pase bonito, tenso y estiloso en su conjunto), y lo peor de todo: tu grado de ‘molonidad’ se mide de forma directamente proporcional a lo hortera que sea tu camiseta de juego.




La culpa de todo esto la tuvo Ned Haig, un carnicero escocés que en 1883 inventó esta modalidad de juego como parte de un evento para recaudar fondos para su club. Vale, no me voy a meter mucho con él, porque la mezcla de carnicero, escocés y jugador de rugby me acojona en demasía, pero sólo diré que el rugby XV lo inventó un chaval, un rebelde, un visionario, un James Dean de la vida que jugando a fútbol decidió que él cogía la pelota, se echaba a correr y metía gol con la mano. Ahí queda. Las comparaciones son gratis y corren de vuestra parte.

Para no faltar a la verdad, tengo que decir que esta extraña modalidad del rugby me encanta. Pilieres corriendo, aperturas placando, zagueros despeinándose y un sin fin más de fenómenos de feria que puedes ver sin necesidad de que los astros se alineen.

Al final va a resultar que tenemos que darle a las gracias al señor Haig, que creó un deporte más molón, espectacular y apto para el visionado de neófitos y consiguió meter la palabra rugby en los Juegos Olímpicos. Eso sí, podríamos hacer juntos una revisión del jueguecillo este que se le ocurrió. Que la melé podría ser de 7 perfectamente. Si total, sin un flanker, también se hace la mar de bien.

Extraído de: https://helenalanuza.wordpress.com/2015/05/20/llega-el-calor-llega-el-paradigma-llegan-los-pilieres-jugando-a-seven

miércoles, 27 de mayo de 2015

"La Santboiana, un exemple" por Luis Martín



En cinc anys de crisi econòmica, el conjunt blau ha rebaixat el deute econòmic i augmentat la formació esportiva de base.



A la Foixarda, a Montjuïc, el rugbi català viurà avui una matinal que evoca grans dies amb el duel entre el FC Barcelona i laUE Santboiana, degà dels equips espanyols, un partit que recorda temps millors. Més enllà de consideracions esportives, l'equip del Barça i els blaus de l'altre costat del riu representen dos models de gestió tan absolutament dispars en un moment complicat per a la supervivència del rugbi català –des del Camp Nou no es faciliten dades– al qual només li faltava la referència de Jordi Pujol Ferrusola com a talonador que va ser de l'equip del Barça als anys vuitanta. El Barça paga, encara que ningú no ho reconegui, mentre que a Sant Boi el model de gestió remet a valors que van més enllà de l'econòmic i a una manera d'entendre el rugbi, el joc i la vida. 

Toni Gabarró va arribar a la presidència del club fa cinc anys i va liderar la transformació de l'entitat. “Vaig arribar plorant perquè havia treballat a l'escola i sabia el que hi havia. Va ser un compromís personal, cosa que em va obligar a presentar­me a president del club”, afirma després d'assegurar que aleshores “teníem una falta de projecte alarmant, malgrat que vivíem una etapa de bons patrocinadors, amb una inversió generosa, superior a l'actual”. L'auditoria que va encarregar a la seva arribada va revelar un deute superior als 500.000 euros, càrrega que la seva gestió ha aconseguit rebaixar a 150.000 euros. “No ha estat fàcil, ens està costant perquè ens hem menjat una època de merda a escala econòmica”, afirma. I resumeix. “La crisi”. Sap que quan va arribar “aquí cobrava tothom", fet que van decidir suprimir d'arrel com a punt de partida. 

Ara té el tema econòmic controlat, i el canvi de mentalitat institucional ha permès al club disparar­se exponencialment en l'àmbit esportiu. Ara per ara, no tan sol competeix pel títol de Lliga en la part d'alta de la classificació de Primera Divisió, sinó que amb un pressupost de 510.000 euros i 750 socis, gestiona la fitxa de 380 jugadors, 150 pertanyents a l'escola. “Busquem esponsorització on no hi ha. Abans eren pocs i pagaven molt, ara en busquem molts que paguen el que poden”, explica el president. Pel camí s'ha quedat la Seat, que en el seu moment s'hi va implicar de manera transcendent gràcies al que va ser el seu president James Muir, un gal·lès enamorat del joc. “Ens van tractar de manera excepcional, un compromís espectacular que ja no trobes”, diu. 

Gabarró es mostra orgullós de la seva gestió perquè, des que es va fer càrrec del club, ha capgirat els comptes com qui posa al seu lloc un mitjó mal doblegat. Esportivament, encara més. El club ha passat d'un model de jugadors i entrenadors locals semiremunerats o professionals a un visceralment aficionat basat en el planter, reforçat amb alguns professionals de molt nivell, cinc aquesta temporada. L'etiqueta de "professionals" fa referència a jugadors que tenen la casa pagada i d'un sou amb prou feines de 1.300 euros.

Sota la supervisió de Joan Ferrer, àlies Dr. Snuggles, un tipus dur, que va ser obertura de l'equip que, el 1989, va aconseguir l'històric doblet, el club va apostar decididament pel Projecte Planter, amb la intenció d'augmentar la quantitat de jugadors en les fases de formació i aplicar un model de desenvolupament basat en el dels països on el rugbi està més arrelat (Irlanda i Nova Zelanda). Perquè això fos possible, van contractar un director de rugbi (el triat va ser Bruce Hemara) i un entrenador per al primer equip (Lewis Williams) amb la idea principal de fer millorar els jugadors. 

L'arribada des dels antípodes de tots dos tècnics, absolutament implicats en el projecte, ha servit aprenentatge i millora per als entrenadors locals, que no cobren. Al mateix temps, s'ha fomentat la realització de cursos impartits per entrenadors de màxim nivell en el rugbi formatiu europeu i mundial com Brian MacLaughlin, Mark Anscombe, Patrice Lagisquet, Dave Ellis, Vincent Etxeto i Jeremy Davidson. 

“La formació és la base”, diu Snuggles; al club el descriuen sense pietat: “És com Cruyff amb el futbol, però més radical, un integrista”. La veritat és que els fets avalen el seu criteri. La UE Santboiana ha passat de disposar d'un total de 290 jugadors el 2010­2011 a 380 el 2014­2015, i acumula rècords en diferents aspectes, ja sigui en jugadors en edat de formació, per retenció de jugadors que passen de categories inferiors a sènior, o de juvenils que han debutat amb el primer equip, com és el cas de Marc Vilar, que ha jugat de titular els últims tres partits per substituir el tongà Tapu Apikotoa, probablement el millor jugador estranger que hagi passat mai pel rugbi espanyol, lesionat en un genoll. Vilar té 19 anys i com ell, al primer equip també juguen Josep Puigbert i Marcos Puig que, amb 21 i 20 anys, respectivament, ja n'acumulen tres d'experiència a Divisió d'Honor. O Héctor García i Nil Baró, de 22, que després de passar per clubs de primer nivell a França, tornen al club on van començar a passar­se el meló.

Els resultats avalen la política del club, que fa tres anys es va quedar a una marca del Sevilla a Sant Boi de baixar de categoria. Actualment, quan falten sis partits per al final de la lliga regular, el primer equip és segon i ja està matemàticament classificat per al play­of pel títol; a partir d'aquí el planter funciona: el segon equip disputarà les semifinals de la Divisió d'Honor catalana, els sub­21 són campions de Catalunya, i el sub­18 i el sub­16, imbatuts, són líders de les seves categories. A més, hi ha seleccionats per Espanya en categories inferiors set jugadors menors de 18 anys i quatre habituals entre els menors de 16 anys. A les seleccions catalanes de base, el percentatge és demolidor: un de cada tres jugadors d'entre 14 i 21 anys que vesteixen la samarreta de les quatre barres prové del Projecte Planter de la UE.

Els diumenges al matí l'afició ha tornat al Baldiri, convertit un altre cop en reclam social per a la població. La UE Santboiana sempre ha estat alguna cosa més que un equip de rugbi per a una localitat que més enllà dels germans Gasol, si una vegada va entrar en la història de l'esport, va ser per 15 homes jugant amb un meló. Com avui, a la Foixarda, contra el Barça. “Aquesta societat està tan mancada de valors del rugbi com el Japó de toreros”, resumeix Gabarró, president d'una entitat singular i exemplar. 

Artículo original en: http://cat.elpais.com/cat/2015/03/07/deportes/1425712680_083127.html

martes, 5 de mayo de 2015

Quiero ser del Rivas. Anónimo.


Miedo y confort en Yuncos. (Experiencia personal)


Era mi segundo partido de rugby. El coche que me iba a llevar hasta Toledo ya estaba debajo de casa, esperándome.

De camino a Yuncos  los nervios se iban apoderando de mí. Intentaba prestar atención a la emisora de radio, la cual narraba un partido de mi querido equipo de fútbol. Pero la cabeza en seguida se me iba al otro partido, al importante: al de rugby. Quería llegar rápido, saltar al campo y empezar a jugar lo antes posible.

De sorpresa nos enteramos de que las Dulcineas de Yuncos eran solo ocho jugadoras, por lo que tres chicas de Rivas iban a empezar el partido jugando con las contrincantes. Once vs once.

Un pequeño escalofrío me recorrió el cuerpo cuando uno de los nombres que sonó para jugar de dulcinea fue el mío. Rara me sentí al arrojar la camiseta verdi-azul ripense que tanto aprecio, para envolverme en una nueva, amarilla y negra.

Con gran entusiasmo nos acogieron, y en los minutos previos al partido, en seguida me sentí una más del equipo . Al grito de ¡Dulcineas, juego y honor! salté al campo tan motivada como si hubiese sido el club al que pertenecía desde mis inicios.

Ya estábamos colocadas por todo el campo, a punto de empezar el partido, cuando esa sensación de euforia y motivación pegó tal bajonazo en mi persona…
Delante tenía a mis entonces excompañeras, que me parecieron grandes, enormes, potentes , fuertes y veloces como velociraptores (<3). El campo se me hacía cada vez más grande y yo a su vez más pequeña.  No sabía dónde colocarme, no tocaba ningún balón y como dulcinea me sentía frustrada.

Las chicas fuertes y potentes de Rivas movían el balón, limpiaban los ruck como nunca las había visto, lanzaban la touch a la perfección y volaban para coger el balón.

Al descanso me tocaba volver a enfundarme en mi camiseta, la de Rivas, la de siempre.
A medida que avanzaba el partido, más a gusto me sentía. Volvía a mi ser. Estaba donde debía estar, corría hacia donde debía correr y pasaba cuando debía de pasar (puede que esto esté un poco exagerado).

El caso es que todo estaba volviendo a funcionar. Y me di cuenta en ese momento de que no era yo, sino que eran mis compañeras, que a veces me gritan y me ordenan sin parar, pero siempre están ahí, a mis lados, apoyando, redoblando, luchando, dándolo todo y más -recupérate pronto Celia-  para hacer que el equipo funcione como una máquina.

Que cada una sois una pieza importante, las que no están porque no pueden estar, las que sí estuvieron pero no pudieron jugar , las que animan, las que entrenan y las que sí que jugaron e hicieron todas y cada una de ellas un buen partido.

Esto es solo un pequeño paso, pero tenemos fuerza, tenemos velocidad, tenemos inteligencia y sobretodo tenemos muchas ganas de seguir aprendiendo y trabajando. 

Muchas gracias a todas por formar parte de Rivas Rugby.





Anónimo.

sábado, 25 de abril de 2015

¡GRACIAS! por Fermín de la Calle.

Jugador de Rugby.
Suenan tres pitidos largos. Ahogados. La batalla ha terminado. Relajas los músculos. Desenchufas tu cabeza. Te sacas el protector bucal y buscas sin suerte oxígeno en tus pulmones. Paseas la lengua por tus labios. Aciertas a chocar la mano del rival que hace diez segundos pretendía despedazarte sin poder levantar la mirada de tus botas embarradas. 
 
El adversario muta en compañero. El 8 que te ha pasado como una locomotora por encima a la salida de una melé, te ofrece la mejor de sus sonrisas. El centro que te ha pisado limpiando el ruck, te guiña con complicidad. Es el momento íntimo en el que uno evalúa si lo ha dejado todo en el campo. Si ha alcanzado su umbral agónico. Entonces alguien pregunta cómo ha terminado el partido. Pocos jugadores saben el resultado al concluir un partido de rugby. Cuando cada pelota es la última y cada placaje es decisivo, el marcador incumbe menos. Alguien dice que habéis ganado. No hay euforia. Sólo satisfacción. 
Se cruza el árbitro, al que saludas con un movimiento de cabeza, aún sin resuello para articular palabra balbuceas "... señor". Y enfilas el camino hacia el costado del campo mientras los primeras liberan las cintas de sus castigadas muñecas, los segundas ventilan sus maltrechas orejas y los tres cuartos desentablillan sus dedos. El cuerpo sigue entumecido por los golpes, las cervicales tensan el andar de los más castigados y vuelan las botellas de agua.
 
 Van bajando las pulsaciones. Los pulmones te dan algo de tregua. Comienzan las confidencias mientras los ganadores se van situando unos frente a otros para formar un pasillo por el que sus rivales desfilarán antes de colocarse inmediatamente tras ellos para completar otra liturgia rugbera. Arrancan los aplausos y el capitán del equipo que no ha ganado lidera la manada. Es entonces cuando de la boca de cada jugador surge una sola palabra dedicada al adversario: “¡GRACIAS!”. Quizás por darlo todo en cada pelota, por no bajar los brazos tras encajar un ensayo, por creer en cada balón, por respetar los códigos, por no meter las manos en los rucks, por exigirnos tanto, por no golpear por encima del cuello, por cobrar tan caro cada metro, por la lealtad al juego, por convertir en campo en un campo de batalla durante 80 minutos, por seguir jugando al rugby año tras año por más que el cuerpo se queje…  
No hay felicitaciones para el ganador ni consuelo para el perdedor. Hay un GRACIAS sobrio que lo resume todo. Sin resignación. Sin revancha. Un agradecimiento que concluye con un aplauso sincero de los gladiadores a la grada, familiares y amigos con quienes comparten la fe en el rugby. 
 
Y después de reunirse con los compañeros en un círculo en el que se desnudan las mentiras del campo, llega la edificante ducha en la que uno descubre golpes, cortes y pisotones que en el fragor de la batalla no se hacían notar. Media hora después, una vez recogido el vestuario, es la hora del Tercer Tiempo, la consagración del rugby en forma de cerveza. Pero esa es otra historia.